Long live the little dead ones

Que vivan los muertitos


En México existen más de 90 formas de nombrar a la muerte; unas muy obvias: La Pelona, La Huesuda, La Apestosa, otras muy certeras: La Hora de la Hora, La Igualadora, La Descarnada; las hay también cariñosas: La Cuatacha, La Flaca, La China Hilaria, otras definitorias: La Cargona, La Segadora, La Chupona y unas más que en el desprecio acusan respeto: La Jijurria, La Fregada, La Chingada.

Una sociedad mestiza como la mexicana sincretiza cultos prehispánicos y católicos para conmemorar a los muertos. Hoy en día es difícil precisar el origen exacto de los diferentes rituales y el momento en que entraron en contacto y se mezclaron, para dar forma a una de las celebraciones más arraigadas y más queridas de cuantas conforman el calendario litúrgico: El Día de Muertos o Todos Santos. En realidad se trata de una temporada de tres días que incluye del 31 de octubre, el 1° y 2 de noviembre; específicamente el día 1° lleva por nombre La festividad de todos los Santos, es decir, una fiesta mayor dedicada a los cientos de hombres y mujeres que, según la iglesia católica, alcanzaron la santidad gracias a su comportamiento, el 2 de noviembre tiene lugar La conmemoración de los Fieles Difuntos, dedicada a los muertos que vivieron bajo la fé cristiana. Estas dos festividades se amalgaman y son prácticamente indistinguibles ya que se extienden para incluir un día más (31 de octubre) que, según tradiciones remotas, celebra a “los muertos chiquitos” --niños bautizados a los que también se llama “angelitos”.

Que vivan los muertitos

 

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